Sonriente y pretenciosa, despierta Camila Benítez.

Por su mente pasan millones de pensamientos, que a una velocidad fugaz se transportan entre sus más preciadas cavilaciones posadas en su corazón, y los más intrínsecos deseos de su consciencia; deseos buenos, de esos que la desvelan, en los que incluye a todas las personas que la rodean. Desde su radical cristiano padre Bernardo, hasta aquel desconocido que encuentra a diario en la calle cuando, montada en una vieja buseta, se dirige hacia uno de los barrios más pobres ubicado en el extremo suroriental de la ciudad, todos, pueden tener garantía de las aspiraciones comunitarias de esta mujer, que desea ser un factor de cambio hacia la igualdad y bienestar común, de este planeta que ella misma define "naturalmente injusto e interesadamente desajustado".

Allí va Camila. Cierra la puerta de su casa ubicada en el barrio Minuto de Dios de su ciudad natal, Bogotá. Acomoda sus gafas oscuras, cuadradas por aquello de la moda, hasta llegar lentamente a posarlas sobre su nariz, mientras impone paso por paso en las aceras citadinas el golpeteo de sus tacones. Se dirige hacia "Las Lomas", una zona miserable y peligrosa que la administración distrital desearía desaparecer, pero a la que ella no deja de ir elegante porque piensa en que sus niños, a los que dicta clases de arte, tienen que verla como una motivación para salir adelante. "Ellos no tienen nada perdido en esta vida", piensa.

Aunque en otros trabajos ha tenido mejores condiciones y posiblemente se ha sentido más cómoda, como lo fue cuando laboró en el prestigioso Hotel Bogotá Plaza, hay algo de lo que está convencida: "trabajar con niños es enriquecedor; son millones de cosas que te pueden aportar y regalar en valores y emociones para tu vida(...) y ellos lo hacen sólo porque en uno encuentran la mamá que posiblemente no tiene tiempo para compartirles, o que sencillamente no existe en sus cortas vidas", piensa al tiempo que sonríe para sí misma. Su trabajo social siempre ha sido tema de orgullo para ella; no hay una gran remuneración económica, pero con la felicidad que le proporciona construir mentes de algunos pequeños que dejaron sus familias con un simple beso de despedida desde muy temprano en el centro comunal, le es suficiente y posiblemente hasta le sobra satisfacción.

Sin que su refinado pantalón negro azabache importe mucho, se sienta en el pasto, húmedo por el rocío de la mañana sabanera, rodeada de niños sonrientes que gritan entusiasmados por saber qué sorpresa les brindará la "profe" en este día soleado de cielo azul, al que pocas nubes mal distribuidas se le unen. Para asombro de Juan, uno de los menores, que sueña con volar algún día, Camila hoy les construirá un pájaro hexagonal de papel con una larga pita colgando de uno de sus extremos, para luego enseñarles a darle vida y ponerla a planear entre las frías corrientes de viento que ambientan la ciudad. Algunos materiales que traía en su bolso y las técnicas aprendidas en su club de cometas Tsaphon Kite Club, al que pertenece desde hace algunos meses cuando descubrió tal gusto por este pasatiempo, le ayudaron para que en sólo cuarenta y cinco minutos, presentara ante los brillantes y asombrados ojos de sus pequeños alumnos una birlocha profesional a la que todavía el pegante no se le secaba.

Uno a uno, todos tuvieron por un momento el control de tan simple pero misterioso artefacto que se elevaba cada vez más en el firmamento. La profe los asesoraba en sus movimientos para no dejar que esta se enredara en alguno de los cables de luz que rodean el jardín, o que se precipitara al suelo. Al mismo tiempo, corroboraba para sus adentros por qué tan singular arte le había cautivado tanto la atención: es una forma de aproximarse a su amada madre, quien hace un par de años la acompaña desde lo más alto de la bóveda celeste. Sonríe y vuelve la mirada sobre Sergio, que amenaza con soltar la cuerda, si no le regalan dos minutos más volando la cometa.

Al observar su creación alejándose a gran velocidad dando volteretas en el aire, Camila sorprendida por los gritos de sus niños toma un poco de aire y lo contiene en sus pulmones. Los regaños y penitencias no son lo suyo. Aunque en su infancia contrarió a sus padres en muchas de sus órdenes, siempre aprendió que el mejor castigo se lo daba ella misma, al sentir las consecuencias de sus minúsculos actos en su propio interior; en aquella voz que clasificando lo bueno y lo malo, va construyendo la ética y moral de cada ser humano. Convenció a los futuros hombres y mujeres que protagonizarán la realidad colombiana en unos años, de que fueran a comer el almuerzo; y logró hacerlos olvidar el incidente del cual Sergio ya se sentía culpable, al ver que la diversión había culminado.

Su sueño más grande es tener su propia fundación para niños con cáncer, ya que según su experiencia es "la población más vulnerable que necesita ayuda para vivir al máximo mientras pueden". Estudia comunicación social y periodismo para abrirse caminos en la búsqueda del éxito de su gran proyecto de vida, justificando así, las herramientas que su carrera le proporciona, como lo son los contactos y la difusión de sus ideas en medios, para garantizar el bienestar de miles de niños que hoy en día tienen pronosticada la muerte y no pueden aprovechar sus vidas en el poco tiempo que les resta.

Como le apasiona la radio, durante la tarde juega y canta con los hijos de "Las Lomas" al ritmo de Colorín ColorRadio. Entre ponchados y vueltas canela Camila reparte crayones de colores y papeles reciclados de la junta comunal del barrio, para que cada uno raye y dibuje lo primero que llegue a sus jóvenes mentes. Algunos hicieron coloridas cometas con pepas y caras felices volando en cielos que llenaban de aves cafés, junto a nubes con grandes ojos y soles con alargadas sonrisas; otros dibujaban sus familias, con fuertes rayones oscuros transversales sobre cada integrante, que demuestran la realidad en la que viven los pequeños niños de la miseria; pero una gran mayoría, llevó a sus humildes hogares retratos dibujados a mano alzada, de una mujer de rizos castaños y un rojo corazón gigantesco que resaltaba en su pecho: compartieron con sus familiares a la "profe" de arte que esperan volver a encontrar mañana en el frío salón comunal.

Luego de despedirse de su padre y tres de sus cinco hermanos en el comedor, Camila llega a su cama segura de que ha sido un gran día, en el que de nuevo, logró hacer olvidar por unas horas a sus pequeños alumnos de la cotidianidad violenta que este país sólo les puede ofrecer. Posiblemente hoy con cariños y abrazos ha plantado una semilla de paz más, en el herido corazón nacional.

Sonriente y pretenciosa, duerme Camila Benítez.

Esteban Alvarán Marín

estebanalvaran@gmail.com