Crónica de un Atraco
"Hola pá, me atracaron"
Faltaban ya quince minutos para que fueran las siete de la noche, cuando recibí la última llamada que entraría por la línea número uno, de mi celular Samsung, un modelo de hace un par de años, con pantalla frontal monocromática y de tapa gruesa, con diferentes tonalidades de grises y el contrastante negro. Era mi novia, quien me explicó que ya estaría en aproximada media hora en lugar en que debíamos encontrarnos ese viernes. Por lo tanto, me ordenó que debía salir tan pronto como fuera posible, a tomar el Transmilenio que me acercaría gran parte a la zona de mi encuentro con aquella hermosa mujer, que amo sin predisposiciones y con todas las fuerzas de mi ser.
Antes de abandonar mi casa, que en tal momento se encontraba sola, ya que mi hermana -con quien vivo- estaba de viaje, me miré un par de veces en el espejo para comprobar que la camisa estuviera bien puesta; que el peinado estuviera tal y como me gusta. Luego procedí a aplicarme un poco de aquella loción de marca rara que mi padre me obsequió hace un mes, y revisé el bolsillo de mi camisa para sacar un cigarrillo, que ni cuenta se daría la pobre nicotina que en poco minutos comenzaría a incendiarla, ni mucho menos que en pocos minutos sería testigo de la situación de miedo en la que me ví envuelto. Tras la caja de cigarrillos logré ver doblado los dos billetes de cincuenta mil pesos, que me había dado mi padre unas cuantas horas más temprano, mientras me decía que guardara algo y no sacara todo el dinero esa noche. Sin embargo, hice caso omiso a las alertas de mi padre, porque sabía que hoy tenía la invitación pendiente de salir a comer con mi novia, y por lo tanto necesitaría la mayoría del dinero. Saqué los dos billetes doblados que estaban escondidos tras la cajetilla de Marlboro roja, y los guardé en mi billetera vieja pero que sigue siendo perfecta para mí, en el compartimiento especial, diseñado para los billetes. Prendí el cigarrillo y salí asombrado del frío del ambiente de aquella noche despejada.
Desde mi casa hasta la estación de Transmilenio más cercana, ubicada en el barrio Alcalá de Bogotá, hay que recorrer unas ocho cuadras no muy solas, pero tampoco muy pobladas. Un trayecto que hago casi a diario, ya que el sistema de transporte masivo de la capital es mi principal medio de transporte en la ciudad, para movilizarme a la universidad y a otros puntos más que frecuento. Precisamente cuando llego a la cuadra número tres, observo la tienda a la que voy algunas ocasiones para tomar cerveza y hablar descarriadamente con varios de mis amigos. La tienda estaba llena y al fondo, antes de la entrada del baño que se puede ver desde afuera y en la otra acera donde me encontraba, ví que estaba como siempre el dueño, que siempre me saluda cuando me ve pasar, pero que esta vez ni siquiera se da cuenta que su cliente está cruzando la calle.
Justo antes de llegar a la mitad de la calle, me detengo por evitar que tres personas en bicicletas me colisionaran. Ésos son los tipos de jóvenes, que tal vez venían del parque del barrio, después de fumar marihuana. Puede que no, pero son el estereotipo que altera mi confianza con la seguridad. Por eso, mientras los tres jóvenes seguían por la calle en sus "ciclas todoterreno", quise bajar un poco la velocidad, para dar tiempo que se escaparan del miedo que me producían. Algo en esa circunstancia me llamó bastante la atención. El posible ciclista profesional con cara de pandillero que iba por la mitad de los otros dos y en punta - como si fuera el jefe de la banda - les hacía señas a sus compañeros o compinches, según sea su relación. Pero las señas fueron un poco más adelante, casi donde finaliza la cuadra. Sus señas, no muy normales, las llevaba a cabo con sus manos, siendo éstas bastante creativas con sus movimientos y con cierto grado de hazaña, al ver que soltaba el manubrio de su transporte. Dejé de admirar los tres pandilleros, cuando pasaron a dos motociclistas, que habían parado allí unos segundos antes, y que uno de los dos, cruzaba la calle hacia mi acera, mientras el otro seguía montado en la moto. Pero eso es lo de menos. Las motos no me asustan y mucho menos, los motociclistas.
Ya mucho más relajado por la alteración que me proporcionaron los tres posibles malosos de las ciclas, seguía con mi camino por la tercera cuadra de mi trayecto, mientras pensaba en posibles soluciones a un problema con mi pareja, que me agobiaba. Mi cigarrillo ya iba por el primer cuarto incinerado. Lo miré cuando lo aspiré, antes de darme cuenta que el señor motociclista que había cruzado a mi acera antes, estaba en la reja de la veterinaria que queda en esa esquina. Es un mensajero, imaginé. Precisamente cuando paso por el lado de la reja verde alta que resguarda el patio donde juegan unos perros, un Golden Retriever muy tierno por su aparente juventud, y uno de esos perros bravos que son flacos y negros, que si no fuera por la reja ni me acercaría, fue ahí que supe que podía estar en problemas.
-Señor. ¿Podría usted ayudarme? Dijo el posible mensajero. Es que no somos de acá y necesito llegar a la 166 con séptima.
-Por la 134 suba hasta la séptima. Le dije apresuradamente y le señalé con mi brazo, en forma de orientación al posible mensajero foráneo que no sabía cómo llegar a su destino. Pero en ese momento la desconfianza se apoderó de mí, de todo pensé menos que fuera un mensajero perdido. Recordé en microsegundos, algunos relatos de atracos que había escuchado donde me contaban que lo hacían parar a uno para que le explicara cómo llegar a un sitio y ahí lo robaban. Por esa razón, comencé a caminar más rápido y no escuché lo que el señor me seguía diciendo.
A unos cuatro metros del poste que hay en la esquina de la veterinaria, ya donde me sentiría a salvo, menos de dos segundos habían pasado después de mi respuesta, cuando el posible mensajero de cuerpo gordo, una altura de 1,75 aproximada y tez morena, me violentó por el brazo, haciéndome retroceder, justo hasta donde el revólver que asía en su otra mano, no se hiciera más público que a mi vista.
Aún con mi cigarrillo prendido en mi mano derecha, miré sorprendido aquel revólver de tambor, sin poder cerciorarme si estaba cargado o no, a causa de mi inexperiencia con las armas.
-Si sale a correr le meto su "pepazo". Somos de un frente de la guerrilla, la zona la tenemos rodeada. Estamos reclutando personas. Necesitamos diez para antes de la media noche. ¿Está interesado? Me dijo aquel hombre al cual mi temor hacia él, ya rebozaba por todo mí ser, y que parecía estar más nervioso que yo.
-No. Respondí alterado y mirando fijamente los ojos de color café, que vislumbraban por la luz tenue de los postes de iluminación, entre el casco del individuo gordo, que tenía en sus manos el poder de hacer conmigo lo que quisiera, al portar el arma que fácilmente me podría quitar la vida. Pensé asustado que me podían raptar y reclutarme obligado en su organización.
-¿A qué se dedica? Preguntó soltándome del brazo, al ver que yo no sería capaz de huir corriendo ante la amenaza de muerte.
-Soy estudiante
-¿Qué estudia?
-Comunicación social.
-Muéstreme el carné.
De manera formidable, saqué el carné de la universidad que guardo en mi billetera, mediante una maña que he desarrollado para sacarlo de esta, sin tener que sacar la billetera de mi bolsillo, siempre que entro a la institución. Se lo mostré, lo detalló durante un segundo y me lo entregó. Una esperanza de que todo pudo haber acabado y que me dejaría seguir hacia mi destino, llegó a mi mente. Pero no fue así.
-Bueno, está bien. Pero necesitamos una colaboración. Dígame la verdad, ¿Cuánto trae de plata?, igual lo vamos a requisar. Chocó el revólver cuatro veces contra mi pecho en actitud desafiante. Ahí hice memoria de cuanto había dejado en mi billetera a la vista, para saber qué podía salvar, pero recordé aquel momento en que salí de mi casa guardando los dos billetes en ésta y supe que todo sería inútil.
-Tengo cien mil pesos. Respondí sin ganas y a sabiendas que ya no eran míos. Igual si le decía que había menos, me requisaría y se daría cuenta. Y por mentiroso me puedo ganar un golpe o algo por estilo, en el mejor de los casos.
-Páseme la billetera. Me ordenó. La saque lentamente de mi bolsillo posterior izquierdo del pantalón y se la di. En ese momento la otra persona que hace un instante se encontraba sobre la moto prendida, golpeó mi hombro derecho y me gritó ordenándome con varias groserías, que dejara de fumar y que botara el cigarrillo que seguía prendido por la mitad, en mi mano. Con temor a retarlo, hice lo que me dijo éste hombre más alto que su compañero y de tez blanca, mientras el otro escudriñaba mi billetera vieja.
-Muéstreme su celular. Me dijo el gordo protagonista cuando devolvía muy amablemente mi billetera con mis papeles varios de identificación. Al mismo tiempo que el otro me requisaba los bolsillos en busca de dinero. De todos se cercioró que no hubiera nada de valor que se pudiera llevar, menos del de mi camisa donde estaba la cajetilla de Marlboro, y de donde hacía varios minutos había sacado los billetes que pudieron haber estado bien resguardados en ese compartimiento.
Le entregué mi celular al atracador principal, que le tenía respeto por su arma desafiante, que varias veces volvió a chocar contra mi pecho. Para tal momento, el alto ya me había terminado de requisar.
-¿Qué tiene ahí? Preguntó señalando el bolsillo de mi camisa.
-Cigarrillos. Contesté. No se inmutaron ni siquiera a mirarlos, por el aparente asco que tenían a los fumadores. Reflexioné que los billetes estarían a salvo allí, si los hubiera dejado ahí, donde por el destino se encontraban.
-Ahora voltéese, y vuelva por esta acera hasta la esquina. ¡Si mira hacia atrás le meto su "pepazo" marica!
Giré, metí las manos en mis bolsillos y comencé a caminar de nuevo hacia la esquina por donde me había cruzado con los pandilleros ciclistas. El atracador flaco, utilizó uno de esos radioteléfonos que utiliza la policía para su comunicación, y dijo como si le hablara a otra persona que se encontraba en la zona: "Va por el andén señalado. Camisa azul oscura. En segundos lo observará en la esquina". Seguidamente oí sus pasos por la calle, se montaron a su moto vieja de tonalidad oscura, de placas BET 06, y desaparecieron con mi dinero y con el celular que habían acabado de robarme.
El sentimiento de vuelta fue distinto cuando me di cuenta que los señores ladrones, o más bien, "Don ladrón" y su secuaz, habían dejado mi vida intacta, mis papeles a salvo y mil pesos como limosna dentro de mi billetera, para llamar de una cabina telefónica ubicada en la misma cuadra al lado de la tienda por la que había pasado, y decir: "Hola pá, me atracaron".
Esteban Alvarán Marín
esalvaran@academia.poligran.edu.co

pily mantilla dijo
Uhhhhh Teban tenaz, que bien que estas vivo, son unos malpa.......te felicito escribes muy bien me hiciste echar lagrima....tiene el ojo aguado.....te quiero mucho,
23 Junio 2009 | 09:22 PM