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La Coctelera

El Mercuriano **

Mercuriano, hace referencia a Mercurio, Dios de la comunicación en la mitología griega.

Categoría: Crónicas

23 Junio 2009

Crónica de un Atraco

"Hola pá, me atracaron"

 

Faltaban ya quince minutos para que fueran las siete de la noche, cuando recibí la última llamada que entraría por la línea número uno, de mi celular Samsung,  un modelo de hace un par de años, con  pantalla frontal monocromática y de tapa gruesa, con diferentes  tonalidades de grises y el contrastante negro. Era mi novia, quien me explicó que ya estaría en aproximada media hora en lugar en que debíamos encontrarnos ese viernes. Por lo tanto, me ordenó que debía salir tan pronto como fuera posible, a tomar el Transmilenio que me acercaría gran parte a la zona de mi encuentro con aquella hermosa mujer, que amo sin predisposiciones y con todas las fuerzas de mi ser.

Antes de abandonar mi casa, que en tal momento se encontraba sola, ya que mi hermana -con quien vivo-  estaba de viaje, me miré un par de veces en el espejo para comprobar que la camisa estuviera bien puesta; que el peinado estuviera tal y como me gusta. Luego procedí a aplicarme un poco de aquella loción de marca rara que mi padre me obsequió hace un mes, y revisé el bolsillo de mi camisa para sacar un cigarrillo, que ni cuenta se daría la pobre nicotina que en poco minutos comenzaría a incendiarla, ni mucho menos que en pocos minutos sería testigo de la situación de miedo en la que me ví envuelto. Tras la caja de cigarrillos logré ver doblado los dos billetes de cincuenta mil pesos, que me había dado mi padre unas cuantas horas más temprano, mientras me decía que guardara algo y no sacara todo el dinero esa noche. Sin embargo, hice caso omiso a las alertas de mi padre,  porque sabía que hoy tenía la invitación pendiente de salir a comer con mi novia, y por lo tanto necesitaría la mayoría del dinero. Saqué los dos billetes doblados que estaban escondidos tras la cajetilla de Marlboro roja, y los guardé en mi billetera vieja pero que sigue siendo perfecta para mí, en el compartimiento especial, diseñado para los billetes. Prendí el cigarrillo y salí asombrado del frío del ambiente de aquella noche despejada.

Desde mi casa hasta la estación de Transmilenio más cercana, ubicada en el barrio Alcalá de Bogotá, hay que recorrer unas ocho cuadras no muy solas, pero tampoco muy pobladas. Un trayecto que hago casi a diario, ya que el sistema de transporte masivo de la capital es mi principal medio de transporte en la ciudad, para movilizarme a la universidad y a otros puntos más que frecuento.  Precisamente cuando llego a la cuadra número tres, observo la tienda a la que voy algunas ocasiones para tomar cerveza y hablar descarriadamente con varios de mis amigos. La tienda estaba llena y al fondo, antes de la entrada del baño que se puede ver desde afuera y en la otra acera donde me encontraba, ví que estaba como siempre el dueño, que siempre me saluda cuando me ve pasar, pero que esta vez ni siquiera se da cuenta que su cliente está cruzando la calle.
Justo antes de llegar a la mitad de la calle, me detengo por evitar que tres personas en bicicletas me colisionaran. Ésos son los tipos de jóvenes, que tal vez venían del parque del barrio, después de fumar marihuana. Puede que no, pero son el estereotipo que altera mi confianza con la seguridad. Por eso, mientras los tres jóvenes seguían por la calle en sus "ciclas todoterreno", quise bajar un poco la velocidad, para dar tiempo que se escaparan del miedo que me producían.  Algo en esa circunstancia me llamó bastante la atención.  El posible ciclista profesional con cara de pandillero que iba por la mitad de los otros dos y en punta - como si fuera el jefe de la banda - les hacía señas a sus compañeros o compinches, según sea su relación.  Pero las señas fueron un poco más adelante, casi donde finaliza la cuadra. Sus señas, no muy normales, las llevaba a cabo con sus manos, siendo éstas bastante creativas con sus movimientos y con cierto grado de hazaña, al ver que soltaba el manubrio de su transporte. Dejé de admirar los tres pandilleros, cuando pasaron a dos motociclistas, que habían parado allí unos segundos antes, y que uno de los dos, cruzaba la calle hacia mi acera, mientras el otro seguía montado en la moto. Pero eso es lo de menos. Las motos no me asustan y mucho menos, los motociclistas.

Ya mucho más relajado por la alteración que me proporcionaron los tres posibles malosos de las ciclas, seguía con mi camino por la tercera cuadra de mi trayecto, mientras pensaba en posibles soluciones a un problema con mi pareja, que me agobiaba. Mi cigarrillo ya iba  por el primer cuarto incinerado. Lo miré cuando lo aspiré, antes de darme cuenta que el señor motociclista que había cruzado a mi acera antes, estaba en la reja de la veterinaria que queda en esa esquina. Es un mensajero, imaginé.  Precisamente cuando paso por el lado de la reja verde alta que resguarda el patio donde juegan unos perros, un Golden Retriever  muy tierno por su aparente juventud, y uno de esos perros bravos que son flacos y negros, que si no fuera por la reja ni me acercaría, fue ahí que supe que podía estar en problemas. 

-Señor. ¿Podría usted ayudarme? Dijo  el posible mensajero. Es que no somos de acá y necesito llegar a la 166 con séptima.

-Por la 134 suba hasta la séptima. Le dije apresuradamente y le señalé con mi brazo, en forma de orientación al posible mensajero foráneo que no sabía cómo llegar a su destino. Pero en ese momento la desconfianza se apoderó de mí, de todo pensé menos que fuera un mensajero perdido. Recordé en microsegundos, algunos relatos de atracos que había escuchado donde me contaban que lo hacían parar a uno para que le explicara cómo llegar a un sitio y ahí lo robaban. Por esa razón, comencé a caminar más rápido y no escuché lo que el señor me seguía diciendo.

A unos cuatro metros del poste que hay en la esquina de la veterinaria, ya donde me sentiría a salvo, menos de dos segundos habían pasado después de mi respuesta, cuando el posible mensajero de cuerpo gordo, una altura de 1,75 aproximada y tez  morena, me violentó por el brazo, haciéndome retroceder, justo hasta donde el revólver que asía en su otra mano, no se hiciera más público que a mi vista.
Aún con mi cigarrillo prendido en mi mano derecha, miré sorprendido aquel revólver de tambor, sin poder cerciorarme si estaba cargado o no, a causa de mi inexperiencia con las armas.

-Si sale a correr le meto su "pepazo".  Somos de un frente de la guerrilla, la zona la tenemos rodeada. Estamos reclutando personas. Necesitamos diez para antes de la media noche. ¿Está interesado? Me dijo aquel hombre al cual mi temor hacia él, ya rebozaba por todo mí ser, y que parecía estar más nervioso que yo.

-No. Respondí alterado y mirando fijamente los ojos de color café, que vislumbraban por la luz tenue de los postes de iluminación, entre el casco del individuo gordo, que tenía en sus manos el poder de hacer conmigo lo que quisiera, al portar el arma que fácilmente me podría quitar la vida. Pensé asustado que me podían raptar y reclutarme obligado en su organización.

-¿A qué se dedica? Preguntó soltándome del brazo, al ver que yo no sería capaz de huir corriendo ante la amenaza de muerte.

-Soy estudiante

-¿Qué estudia?

-Comunicación social.

-Muéstreme el carné.

De manera formidable, saqué el carné de la universidad que guardo en mi billetera, mediante una maña que he desarrollado para sacarlo de esta, sin tener que sacar la billetera de mi bolsillo, siempre que entro a la institución. Se lo mostré, lo detalló durante un segundo y me lo entregó. Una esperanza de que todo pudo haber acabado y que me dejaría seguir  hacia mi destino, llegó a mi mente. Pero no fue así.

-Bueno, está bien. Pero necesitamos una colaboración. Dígame la verdad, ¿Cuánto trae de plata?, igual lo vamos a requisar. Chocó el revólver cuatro veces contra mi pecho en actitud desafiante. Ahí hice memoria de cuanto había dejado en mi billetera a la vista, para saber qué podía salvar, pero recordé aquel momento en que salí de mi casa guardando los dos billetes en ésta y supe que todo sería inútil.

-Tengo cien mil pesos. Respondí sin ganas y a sabiendas que ya no eran míos. Igual si le decía que había menos, me requisaría y se daría cuenta. Y por mentiroso me puedo ganar un golpe o algo por estilo, en el mejor de los casos.

-Páseme la billetera. Me ordenó. La saque lentamente de mi bolsillo posterior izquierdo del pantalón y se la di. En ese momento la otra persona que hace un instante se encontraba sobre la moto prendida, golpeó mi hombro derecho y me gritó ordenándome con varias groserías, que dejara de fumar y que botara el cigarrillo que seguía prendido por la mitad, en mi mano. Con temor a retarlo, hice lo que me dijo éste hombre más alto que su compañero y de tez blanca, mientras el otro escudriñaba mi billetera vieja.

-Muéstreme su celular. Me dijo el gordo protagonista cuando devolvía muy amablemente mi billetera con mis papeles varios de identificación. Al mismo tiempo que el otro me requisaba los bolsillos en busca de dinero. De todos se cercioró que no hubiera nada de valor que se pudiera llevar, menos del de mi camisa donde estaba la cajetilla de Marlboro, y de donde hacía varios minutos  había sacado los billetes que pudieron haber estado bien resguardados en ese compartimiento.

Le entregué mi celular al atracador principal, que le tenía respeto  por su arma desafiante, que varias veces volvió a chocar contra mi pecho. Para tal momento, el alto ya me había terminado de requisar.

-¿Qué tiene ahí? Preguntó señalando el bolsillo de mi camisa.

-Cigarrillos. Contesté. No se inmutaron ni siquiera a mirarlos, por el aparente asco que tenían a los fumadores. Reflexioné que los billetes estarían a salvo allí, si los hubiera dejado ahí, donde por el destino se encontraban.

-Ahora voltéese, y vuelva por esta acera hasta la esquina.  ¡Si mira  hacia atrás le meto su "pepazo" marica!

Giré, metí las manos en mis bolsillos y comencé a caminar de nuevo hacia la esquina por donde me había cruzado con los pandilleros ciclistas. El atracador flaco, utilizó uno de esos radioteléfonos que utiliza la policía para su comunicación, y dijo como si le hablara a otra persona que se encontraba en la zona: "Va por el andén señalado. Camisa azul oscura. En segundos lo observará en la esquina". Seguidamente oí sus pasos por la calle, se montaron a su moto vieja de tonalidad oscura, de placas BET  06, y desaparecieron con mi dinero y con el celular que habían acabado de robarme.

El sentimiento de vuelta fue distinto cuando me di cuenta que los señores ladrones, o más bien, "Don ladrón" y su secuaz, habían dejado mi vida intacta, mis papeles a salvo y mil pesos  como limosna dentro de mi billetera, para llamar de una cabina telefónica ubicada en la misma cuadra al lado de la tienda por la que había pasado, y decir: "Hola pá, me atracaron".

Esteban Alvarán Marín

esalvaran@academia.poligran.edu.co


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28 Mayo 2009

CHI - CHIE - MOX - RAMIRIQUÍ (BOYACÁ)

CHI - CHIE - MOX - RAMIRIQUÍ (BOYACÁ)

(Nuestra Floreciente Morada)

 

 Foto: Vista Ramiriquí desde el "Alto de la Cruz".

Entre un infinito número de tonos verdes, que decoran las montañas con parches de cultivos boyacenses, se halla Ramiriquí. Municipio denominado la "Capital Civilista de Colombia", que con la agricultura, sus deliciosas arepas de maíz y cuajada,  y su amable gente, forja con orgullo un pueblo cálido para sus visitantes y bienestar para sus habitantes en las entrañas del altiplano.

Ubicado a 32 kilómetros de Tunja y a una altura de 2.325 metros sobre el nivel del mar, este pequeño pero acogedor municipio, se encarga de proporcionarle al turista la energía de volver en otra oportunidad.  Su arquitectura colonial hispánica, declarada patrimonio nacional, da un toque estético muy peculiar, con casas de dos plantas y  variedad de colores, que ni el frío puede oscurecer.  Cuenta además, con un parque central tradicional, que sin salir de lo normal, deja al espectador un sentimiento de nacionalidad: la majestuosa iglesia con pinturas religiosas de grandes magnitudes, la estatua en el centro de su personaje histórico insignia, José Ignacio de Márquez (expresidente de la República) y las destellantes ramas de los árboles que rodean el parque, bailando entre ellas una coreografía única, que sólo el mejor de los vientos ramiriquenses la puede dirigir.

 

Una gran cantidad de personas ancianas viven en el municipio, salen de vez en cuando a merodear sus calles, observando que todo su pueblo se encuentre en tranquilidad, tal y como se lo dejaron a sus herederos hace  unas décadas atrás. Vestidos con sus abrigadoras ruanas, sus botas pantaneras, coloridas faldas y su distinguido sombrero pequeño de campo, se dirigen a la iglesia a pedir por su amada tierra, sin olvidar que de regreso comprarán algunas hortalizas en la plaza de  mercado,  que hacen falta en la casa.

Algunos más jóvenes, fanáticos del ciclismo, deporte emblema de Ramiriquí gracias a personas como Mauricio Soler (que siendo ramiriquense compite en los más famosos torneos mundiales de ciclismo profesional), parquean sus caballitos de acero en las aceras del parque, para sentarse bajo aquellas contrastantes y bajitas sombrillas amarillas a tomarse unas cervezas, que compensen el ejercicio de los cuarenta kilómetros que recorrieron yendo hasta Jenesano (pueblo aledaño) en la mañana.

Es en las sombrillas de doña María, mujer propietaria de un gran establecimiento vendedor de cerveza, donde se ubica Edilberto Borda. Con un casco vino-tinto amarrado a la cabeza, sus gafas recetadas para la miopía, un uniforme ceñido al cuerpo de ciclista, sus guantes con dos dedos rotos, una chaqueta morada impermeable y unos cómodos tenis,  acomoda el pedal de su bicicleta, al mismo tiempo que la recuesta sobre una de las sillas de madera que caracterizan al pueblo. Hablando un poco con él, me mostró la verdadera cara de las personas en Ramiriquí: humanos orgullosos de su pueblo natal, que con la baja temperatura del clima y varias gotas de llovizna que empezaban a precipitarse, me regalaba la calidez del municipio y sus habitantes, con curiosos relatos de varias personas a quienes conocía, hasta que luego me contó su historia.

Edilberto o ‘Beto' (su nombre artístico), es un hombre de 42 años, pero  una persona de la nobleza, carisma y estado físico de un niño. Nació en Ramiriquí y siempre ha vivido allí. "Ésta es la mejor tierra en la que puedo vivir.  La que me vio nacer y crecer", afirma con una sonrisa de felicidad en su morena tez facial. A los catorce años, se dio cuenta del regalo que la vida había interpuesto entre su cuerpo y espíritu: una voz  destellante e increíble. Desde ese tiempo, dedicó su vida al canto y la música, siendo éstas sus verdaderas pasiones, como él mismo lo dice, "Cantar y entretener a las personas con el talento que Dios me obsequió, son las cosas que más me gusta hacer en la vida", mientras bota una carcajada cuando recordaba una de sus experiencias, dejando a luz una dentadura blanca y perfecta de dientes pequeños.

La decencia de este hombre,  junto con su forma de ser envidiable, generan  en este personaje criado en el campo, un verdadero hombre, que se mantiene de las serenatas y los toques musicales que desempeña en el pueblo. ‘Beto' Borda aguaba sus ojos, al son que relataba con lujo de detalles y sobriedad de sus esfuerzos,  todo su trayecto musical.  Empezó inclinándose por las baladas, en el momento en que estudiaba  en la escuela musical del pueblo, donde aprendió a tocar el saxofón. Tras unos años, montó con varios de sus colegas, una banda de rock en español. Luego, se dedicó con dos de sus amigos de infancia a la música "carranguera". Los anteriores géneros no le saciaron su pasión musical, por lo cual se inició en su carrera de mariachi, con varias interpretaciones que montó de sus cantantes mejicanos favoritos. El año pasado participó en el  Festival de Canto en Tunja, donde quedó en tercer lugar. Ahora, es feliz en Ramiriquí tocando lo que le pidan. Al preguntársele si en algún momento quisiera probar suerte con su talento en Bogotá, curvó por completo sus pobladas cejas y respondió: "la vida en Bogotá es muy dura. Lo que más me gusta de mi pueblo, es que me aplauden tal y como soy".

Es así como en un pueblo tan pequeño se encuentran miles de historias inéditas, de personas con aptitudes y ganas de llevar el orgullo de Ramiriquí, en lo alto del país y el mundo.
Tras escuchar relatos de vidas y mitos que existen del municipio, de misterios  relacionados con los asentamientos indígenas del cacique Rumirraqui de los Chibchas, de personas que han sobresalido en el pueblo por sus arepas reconocidas hasta por el presidente de Colombia, de ramiriquenses ciclistas, médicos, ingenieros, que salieron en algún momento de su tierra, pero  que seguro volverán; personas que de verdad buscan el desarrollo común por el bienestar de todos. Me despedí de allí, expresando gratitudes por el hermoso tiempo que pasé, por las exquisitas arepas que  comí y me llevé, pero ante todo, por la calurosa bienvenida que le proporcionan al extraño en su inclemente clima frío.

 

"la calurosa bienvenida que le proporcionan al extraño en su inclemente clima frío".

 

Esteban Alvarán Marín                                                    esalvaran@academia.poligran.edu.co

 

 

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Mi nombre es Esteban Alvarán Marín, estudiante de Comunicación Social y Periodismo del Politécnico Grancolombiano. Bienvenidos. Me identifico con el periodismo social, cultural y ambiental. Espero sus comentarios para el desarrollo positivo de este blog.

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